
SEPTIEMBRE DE 2026
Miles de niños y niñas cruzarán por primera vez la puerta de un aula de Educación Infantil. Y son quienes crecerán en un mundo donde la inteligencia artificial ya no será una novedad, sino una compañera cotidiana. La gran pregunta ya no es cómo usarla, sino cómo aprender a convivir con ella de forma ética y on impacto positivo.

Llevarán una mochila nueva, una botella de agua, un estuche lleno de ceras de colores y esa mezcla de curiosidad y nervios que acompaña a todos los comienzos.
Pero esta promoción tendrá una característica que la hará diferente a todas las anteriores: será la primera generación que iniciará su escolarización en un momento en el que la inteligencia artificial ya forma parte de la vida cotidiana.
No crecerán viendo cómo llega esta tecnología… Crecerán con ella.
La utilizarán para buscar información, aprender idiomas, descubrir el mundo, crear imágenes, resolver dudas o comunicarse. La encontrarán integrada en aplicaciones, asistentes virtuales, plataformas educativas, dispositivos inteligentes o servicios públicos. Para ellas y ellos, la inteligencia artificial no será una innovación: será parte del entorno en el que aprenderán, jugarán y vivirán.
Y precisamente por eso, el mayor reto ya no consiste en enseñarles a utilizar la inteligencia artificial. Consiste en enseñarles a convivir con ella.
LA NUEVA ALFABETIZACIÓN Y COMPRENDER QUE LA IA NO APRENDE SOLA
Hace apenas unas décadas, aprender a leer y escribir era la gran puerta de entrada al conocimiento.
Más tarde llegaron las competencias digitales: aprender a utilizar un ordenador, navegar por Internet o enviar un correo electrónico.
En septiembre se abre una nueva etapa. El alumnado que comienza su escolarización con 3 años crecerá en un entorno en el que la inteligencia artificial formará parte de su aprendizaje y de su vida cotidiana.
La Comisión Europea y la OCDE trabajan ya en el primer marco internacional de Alfabetización en Inteligencia Artificial (AI Literacy) para Educación Primaria y Secundaria (Empowering learners for the age of AI – OECD & European Commission), con el objetivo de preparar al alumnado para comprender cómo funciona esta tecnología, utilizarla de forma crítica, ética y responsable, y participar activamente en un mundo donde la IA será cada vez más habitual.
La cuestión ya no es únicamente aprender con tecnología. Es aprender sobre la tecnología que está transformando la sociedad.
Imaginemos ahora por un momento que la inteligencia artificial pudiera presentarse el primer día de clase.
Probablemente diría algo parecido a esto:
“Hola.
Yo también estoy aprendiendo.
Aprendo de millones de datos, imágenes, textos y ejemplos.
Pero hay algo que todavía no sé hacer por mí sola.
Distinguir qué es justo.
Qué es inclusivo.
Qué representa realmente a toda la sociedad.
Eso solo puedo aprenderlo de las personas.”
Y esa es una de las grandes diferencias entre una inteligencia artificial y un ser humano: la IA identifica patrones, las personas aportan criterio.
Si los datos con los que aprende reflejan desigualdades, estereotipos o sesgos, la IA tenderá a reproducirlos. No porque tenga prejuicios, sino porque nadie le ha enseñado a reconocerlos. Por eso, la UNESCO (Artificial Intelligence and Digital Education) insiste en que el desarrollo de la inteligencia artificial debe estar guiado por principios de inclusión, equidad, diversidad y respeto a los derechos humanos.
LA GRAN DIFERENCIA LA MARCARÁ LA APLICACIÓN INTELIGENTE DE LA TECNOLOGÍA
Cuando hablamos del futuro de la educación solemos preguntarnos qué podrá hacer la inteligencia artificial dentro de unos años. Sin embargo, la OCDE (Digital Education Outlook 2026) plantea una reflexión diferente:
El verdadero impacto de esta tecnología dependerá mucho menos de sus capacidades técnicas que de las decisiones educativas, éticas y humanas que orienten su utilización.
Es decir, el futuro no dependerá únicamente de algoritmos más avanzados. Dependerá de las personas que decidan cómo utilizarlos, y esa es una responsabilidad compartida entre familias, comunidad educativa, administraciones, empresas y sociedad.
Existe una pregunta que aparece con frecuencia cuando hablamos de inteligencia artificial… ¿sustituirá determinados trabajos? Pero quizá haya otra mucho más importante: ¿quién construirá la inteligencia artificial del futuro?
Porque cada algoritmo nace de cientos de decisions. qué datos utilizar, qué problema resolver, qué riesgos asumir, qué necesidades priorizar, qué resultados considerar aceptables.
Incorporar perspectivas diversas en los equipos que desarrollan estas tecnologías permite abordar cuestiones éticas fundamentales sobre su aprendizaje. Son preguntas que priorizan el impacto en las personas por encima de la tecnología y que, de otro modo, podrían quedar fuera del debate.
¿Funcionará igual para todas las personas? ¿Representa distintas formas de aprender? ¿Está dejando a alguien atrás? ¿Responde a necesidades reales o únicamente a una parte de la sociedad?
Es cierto que la diversidad no garantiza que una tecnología sea perfecta, pero sí aumenta las posibilidades de que sea más útil, más innovadora, más representative, y sobre todo más responsible.
Y ahí es donde la igualdad deja de ser únicamente una cuestión de oportunidades, y se convierte también en una cuestión de calidad tecnológica.
LAS VOCACIONES QUE CAMBIARÁN LA IA
Durante mucho tiempo hemos hablado de fomentar vocaciones STEM para responder a las necesidades del mercado laboral, pero hoy sabemos que el reto es aún mayor.
Las niñas y niños que comienzan Infantil este curso no solo utilizarán inteligencia artificial, sino que el propio proceso de transformación digital demandará que este alumnado participle de forma active dentro de veinte años diseñando la IA del future.
Por eso resulta tan importante que descubran desde edades tempranas que la tecnología también necesita creatividad, pensamiento crítico, empatía, trabajo en equipo y responsabilidad.
Construir inteligencia artificial no consiste únicamente en programar… Consiste en imaginar soluciones para mejorar la vida de las personas y, para conseguirlo, se necesitan perfiles diversos, capaces de comprender una sociedad igualmente diversa.
Quizá esta sea la primera gran lección que merece la pena aprender: cómo conseguir que la innovación contribuya a construir una sociedad más inclusiva.
Cuando esta generación termine su escolarización, la inteligencia artificial habrá evolucionado enormemente y probablemente existirán tecnologías que hoy ni siquiera imaginamos.
Pero hay algo que seguirá dependiendo exclusivamente de las personas: la capacidad de preguntarse para quién se diseña la tecnología, a quién beneficia y quién podría quedarse fuera.
La inteligencia artificial aprenderá de millones de datos, pero la sociedad digital seguirá aprendiendo de las personas que decidan construirla.