Hemos comenzado un nuevo curso de la ansiada post pandemia, pero con pocos cambios en lo que se refiere a avances en igualdad. El teletrabajo prometía hacer posible la conciliación de la vida familiar y laboral, pero nada más lejos de la realidad. Ni ha supuesto un reparto más equitativo de las tareas, ni el teletrabajo forzoso fue la solución. Para muchas mujeres supuso una sobrecarga física, mental y emocional, al añadir a los cuidados que ya realizaban, largas jornadas de trabajo desde casa. Toca reflexionar, ¿qué hemos aprendido de la pandemia?

Teletrabajar en desigualdad

En los últimos años, antes de que nadie hubiera oído hablar del COVID-19, las TIC empezaron a considerarse como un elemento imprescindible para ayudar a conciliar la vida laboral y familiar.  La solución perfecta para las directivas, ya que internet les permitía realizar parte del trabajo desde casa. La aplicación de las nuevas tecnologías abría una puerta al desarrollo de la empresa y al confort de las personas trabajadoras, que se preveía especialmente viable y prometedor en algunos sectores con condiciones idóneas como el tecnológico.

Hace año y medio, una crisis sanitaria sin precedentes, aceleraba la transformación digital de la sociedad de manera integral. El teletrabajo se impuso con la esperanza de marcar un antes y un después. Trabajar desde casa parecía que iba a cambiar el reparto de roles de género en las familias. Pero esta esperanza pronto se desvaneció, porque no se dieron las condiciones idóneas para que hombres y mujeres pudieran conciliar y teletrabajar en igualdad.

El sobreesfuerzo y la imposible desconexión digital

El periodo de confinamiento pasó factura a muchas mujeres. En el caso de trabajadoras con cargas familiares, a su trabajo se unió la responsabilidad de los cuidados, lo cual supuso un sobreesfuerzo. La jornada laboral se alargó hasta dos horas semanales, como indica un análisis de NordVPN recogido en Forbes.

Por otra parte, se complicó la denominada “desconexión digital”, regulada por la Ley orgánica de protección de datos y que trata de garantizar el bienestar personal. Las personas expertas llamaron a este fenómeno relacionado con las problemática de separar la vida personal y profesional como  «trabajadores burbuja».

Las mujeres, las más perjudicadas tras la crisis sanitaria

Superada la crisis es momento de sacar conclusiones, y no resultan positivas. Las fuentes oficiales coinciden en señalar que el porcentaje de mujeres que perdieron o abandonaron sus trabajos fue significativamente mayor que el de los hombres. La falta de corresponsabilidad y la imposibilidad de conciliar los ámbitos laboral y familiar, fue clave. Fueron las que más corrieron con la mayor carga de los cuidados, y por tanto las que más tuvieron que solicitar reducciones de jornada, excedencias o renunciar a su trabajo.

La desigualdad en los salarios se ha acrecentado con la pandemia y está muy relacionada con esa obligación de conciliar, que recae principalmente en las mujeres. Al reducir sus jornadas las mujeres  ver mermados sus sueldos. Lo cual las empuja a priorizar el cuidado de menores, postergando el desarrollo de sus carreras profesionales.

Una asignatura pendiente de vuelta a la presencialidad

El teletrabajo no obró el milagro, porque conseguir un reparto de tareas más igualitario depende de múltiples y arraigados factores educativos y socio culturales. Quizás debido a la urgencia e imposición con el que se tuvo que aplicar, derivado de la situación sanitaria, que en muchos casos no contó con regularización ni sistemas garantes.

Luchar contra estos roles y estereotipos es una carrera de fondo, que necesita medidas de sensibilización y de la implicación de las administraciones públicas, de una manera coordinada y transversal.

Las acciones acometidas en materia de conciliación y corresponsabilidad resultaron insuficientes. Millones de mujeres han vuelto al trabajo este mes de septiembre presencialmente, con los mismos problemas para conciliar que antes del COVID-19. Se ha puesto de manifiesto la falta de flexibilidad horaria y la sobrecarga de trabajo de las personas empleadas.

Problemas que se agudizaron o se dejaron ver de forma más patente durante la crisis sanitaria, y de los que deberíamos tomar nota y aprender. El teletrabajo puede ser una opción válida y viable para muchas personas, pero deben proponerse muchas más acciones que permitan compaginar la vida laboral con la familiar y personal.

Por la parte de las empresas se deben generar entornos flexibles, independientemente del género de las personas trabajadoras.  Con el propósito de no perpetuar la percepción de que las tareas domésticas y los cuidados son responsabilidad de las mujeres. Al igual que las políticas de conciliación deben ir dirigidas a todo el mundo, y deben tener en cuenta el ciclo vital y necesidades, de hombres y mujeres.