Europa quiere decidir su futuro tecnológico y, para hacerlo, necesita infraestructuras, conocimiento y, sobre todo, talento. España parte de una posición sólida en conectividad e infraestructuras digitales, pero el siguiente reto va mucho más allá de estar conectados: pasa por reforzar nuestra capacidad para desarrollar, controlar y decidir sobre las tecnologías de las que depende nuestro futuro.
96,8 % de los hogares europeos ya tiene cobertura 5G básica.
9 %. Esa es, sin embargo, la participación de Europa en el mercado mundial de semiconductores.
46,7 % de las empresas europeas utiliza servicios cloud.
Casi un 20 % ya utiliza inteligencia artificial.
82 % de la ciudadanía europea quiere reducir la dependencia de proveedores de fuera de la UE.
5 % del empleo europeo corresponde a especialistas TIC.
Y solo 19,5 % de esos especialistas son mujeres.
Tenemos más tecnología. Más conectividad. Más inteligencia artificial. Más datos. Más capacidad para hacer cosas que hace apenas unos años parecían ciencia ficción.
Pero también una pregunta cada vez más importante: ¿cuánto controlamos realmente de la tecnología de la que dependemos?
Los datos del recién publicado Informe sobre el Estado de la Década Digital 2026, dibujan una Europa que ha avanzado enormemente en digitalización, pero que todavía mantiene dependencias importantes en algunas de las tecnologías que definirán su futuro.
Y quizá no haya mejor momento que septiembre para hablar de ello, porque septiembre siempre tiene algo de actualización del sistema: volvemos… abrimos agendas, revisamos proyectos, y marcamos nuevos objetivos.
En WomANDigital queremos comenzar este curso haciendo algo parecido con el sector TIC: mirar dónde estamos para preguntarnos cuáles deberían ser nuestros próximos pasos.
Y en esa primera página hay un concepto que merece estar subrayado: soberanía tecnológica.

GRANDES PALABRAS PARA ALGO MUY COTIDIANO
Puede sonar a geopolítica, a política industrial, a Bruselas, a grandes centros de datos llenos de luces que parpadean… Pero la soberanía tecnológica también está mucho más cerca.
Está en la nube donde una empresa almacena sus documentos, en el chip que permite funcionar a nuestro teléfono, en el proveedor que aloja una aplicación, en la infraestructura necesaria para entrenar un modelo de inteligencia artificial, en los sistemas que protegen los datos de un hospital, en el software que utiliza una administración pública e incluso en la aplicación desde la que estamos leyendo estas líneas.
La propia Comisión Europea define la soberanía tecnológica como la capacidad de Europa para actuar de manera independiente en el mundo digital mediante el desarrollo y control de tecnologías, datos e infraestructuras clave, reduciendo al mismo tiempo su dependencia de proveedores extracomunitarios. Puede consultarse esta definición y el planteamiento europeo en Strengthening Europe’s Tech Sovereignty.
Y hay una palabra especialmente importante en esa definición: capacidad.
Porque ser tecnológicamente soberanos no significa hacerlo absolutamente en solitario, sino la capacidad de poder hacerlo: desarrollar, elegir, sustituir, proteger, y decidir.
SER SOBERANOS NO SIGNIFICA DESCONECTARNOS
Vivimos en una economía global e interdependiente. Y la tecnología probablemente sea uno de sus mejores ejemplos. Un teléfono puede diseñarse en un país, incorporar chips fabricados en otro, utilizar minerales procedentes de un tercero, ejecutar software desarrollado desde distintos continentes y almacenar información en servidores situados a miles de kilómetros.
Por supuesto que la cuestión no es romper esas conexiones, si no analizar cuando la interdependencia se convierte en dependencia, y dependencia, en vulnerabilidad.
El Estado de la Década Digital 2026 ofrece un ejemplo muy gráfico: la UE representa actualmente solo alrededor del 9 % del mercado mundial de semiconductores, lejos del objetivo del 20 % fijado para 2030. El mismo informe señala dependencias relevantes de proveedores no europeos en ámbitos como cloud, ciberseguridad y otras tecnologías estratégicas.
Y la ciudadanía parece haber entendido la dimensión del reto: el 85 % de las personas europeas apoya invertir en infraestructuras digitales desarrolladas en la UE y el 82 % quiere reducir la dependencia de proveedores extracomunitarios.
Algo está cambiando porque durante años nos hemos preguntado ¿cuánto podemos digitalizar?, pero ahora empezamos a preguntarnos: ¿con qué tecnología, desarrollada por quién y bajo qué condiciones queremos hacerlo?
EUROPA MUEVE FICHA CON ESPAÑA EN BUENA POSICIÓN DE SALIDA
La respuesta europea ha dado un paso importante este mismo año. El 3 de junio de 2026, la Comisión Europea presentó el European Technological Sovereignty Package, un conjunto de medidas destinado específicamente a reforzar la autonomía y resiliencia tecnológica de Europa.
El paquete actúa sobre cuatro grandes ámbitos: semiconductores, Cloud e inteligencia artificial, Código abierto, y digitalización e IA aplicadas al sistema energético.
Entre las medidas planteadas aparecen dos propuestas legislativas especialmente relevantes: el futuro Chips Act 2.0, destinado a reforzar la capacidad europea en tecnologías avanzadas de semiconductores, y el Cloud and AI Development Act, orientado a impulsar el ecosistema europeo de cloud e IA y establecer un marco común para evaluar su soberanía. A ellos se suman una nueva estrategia europea de código abierto y una hoja de ruta para la digitalización y la IA en energía.
Estamos hablando de la respuesta de la Unión Europea a un problema europeo, donde España debe encontrar su lugar y hoja de ruta.
Y ahí empieza la segunda parte de la historia. El Informe de España sobre la Década Digital 2026, actualizado por la Comisión Europea este mes de agosto, identifica tres grandes fortalezas españolas:
- Una infraestructura de conectividad sólida.
- Una población con buenas competencias digitales.
- Y unos servicios públicos digitales desarrollados.
No partimos de cero ni mucho menos. En conectividad, de hecho, España supera la media europea en todos los indicadores analizados por la Comisión. Tenemos una buena” autopista digital” pero, el problema aparece cuando preguntamos qué circula por ella.
La Comisión advierte de que España todavía no está aprovechando plenamente esas fortalezas en la adopción empresarial de tecnologías avanzadas ni en el peso de los especialistas TIC dentro del mercado laboral. También identifica margen de mejora en innovación y escalado empresarial, cloud, semiconductores y ciberseguridad.
Combinamos pues, un doble objetivo en la línea de meta, pues tenemos que continuar con la digitalización y pasar al siguiente nivel, transformando esa digitalización en capacidad tecnológica, innovación, industria, empresas, y talento.
LA HOJA DE RUTA ESPAÑOLA
España había comenzado a ordenar ese siguiente paso unos meses antes, cuando el 24 de febrero de 2026, el Consejo de Ministros presentó la Hoja de Ruta para acelerar la Soberanía Digital en España.
La hoja de ruta propone, entre otras actuaciones, conectar y reforzar las infraestructuras públicas digitales españolas con las europeas, potenciar el código abierto y el software libre en las administraciones públicas, avanzar hacia sistemas europeos de pago interoperables y mantener la inversión en tecnologías críticas como semiconductores, computación cuántica o industria satelital.
Y aparecen ejemplos que quizá utilizamos sin pensar en ellos como instrumentos de soberanía digital como Cl@ve, DNI electrónico, Nube SARA, o ALIA (la familia de modelos de IA desarrollados en español y lenguas cooficiales).
Se trata de tecnología pública, de infraestructura propia, conocimiento basado en datos, software y capacidad industrial. Así la soberanía digital empieza a dejar de parecer un concepto abstracto.
Ahora pensemos en la tecnología protagonista de los últimos años: La inteligencia artificial. Nos hemos acostumbrado a hablar de prompts, asistentes, modelos generativos y aplicaciones. Pero detrás de cada respuesta que aparece en nuestra pantalla existe una infraestructura enorme que normalmente no vemos: servidores, centros de datos, chips, energía, redes, datos, software, investigación y, por supuesto, personas.
En este sentido, disponer de la capacidad de computación necesaria para desarrollarla se está convirtiendo en un activo estratégico. España ya cuenta con iniciativas relevantes dentro de la estrategia europea de supercomputación. La BSC AI Factory, articulada alrededor del Barcelona Supercomputing Center y MareNostrum 5, busca precisamente facilitar a startups, pymes y sector público acceso a capacidad de computación optimizada para IA, conocimiento técnico y servicios especializados. Puede consultarse el proyecto directamente en EuroHPC Joint Undertaking.
Por ello, España quiere dar un paso más y en junio, el Gobierno aprobó una inversión pública de 719 millones de euros para impulsar, mediante un consorcio público-privado, una candidatura española para albergar una de las futuras gigafactorías europeas de inteligencia artificial. Además, autorizó una aportación de 300 millones de euros a EuroHPC, la iniciativa europea responsable de las infraestructuras de supercomputación y del impulso a las AI Factories y gigafactorías.
¿El objetivo? No simplemente disponer de ordenadores más potentes, si no disponer de capacidad para desarrollar, entrenar, investigar y escalar IA desde Europa.
Porque ahora la gran diferencia estar entre solo utilizar inteligencia artificial y tener capacidad para construir inteligencia artificial.
Y buena parte de la soberanía tecnológica se juega precisamente en esa distancia.
EL CHIP QUE FALTA
Pero incluso la inteligencia artificial más avanzada necesita algo sorprendentemente pequeño: un chip.
Los semiconductores están en teléfonos y ordenadores, pero también en coches, hospitales, satélites, telecomunicaciones, sistemas energéticos, industria, defensa y supercomputadores.
Pequeñas piezas, que guardan una enorme importancia geoestratégica. Y aquí encontramos una de las grandes debilidades europeas: ese 9 % de participación en el mercado mundial de semiconductores frente al objetivo del 20 % para 2030 que señala la Comisión.
Por ello, España tiene deberes: el Informe de la Década Digital 2026 para España advierte expresamente de una reducción de la ambición española en producción de semiconductores y recomienda seguir desarrollando esta industria.
Y aquí aparece otra de las palabras que probablemente escucharemos mucho durante este nuevo curso: escala.
Hay que investigar, experimentar, tener buenos proyectos… y afrontar el gran reto: que el conocimiento llegue al mercado, que los startups crezcan, que la innovación se industrialice y que la inversión termine convirtiéndose en capacidad tecnológica estable.
Ocurre algo similar con la nube. Cuando almacenamos una fotografía, un documento empresarial o una base de datos “en la nube”, nada está flotando. Hay servidores, centros de datos, empresas, infraestructuras, contratos, jurisdicciones, y propiedad.
En 2026, el 46,7 % de las empresas europeas utiliza servicios cloud. Pero precisamente la dependencia europea de proveedores externos en este ámbito constituye uno de los problemas identificados por la Comisión.
En España, aunque las pymes presentan un buen desempeño en intensidad digital básica, la Comisión identifica margen de mejora en niveles avanzados y particularmente en adopción cloud. La solución tampoco consiste en dejar mañana de utilizar proveedores internacionales, si no en tener alternativas en cuanto a la capacidad de elección, la interoperabilidad, infraestructuras y conocimiento. Capacitar para poder elegir sin que la dependencia lo haga por ti.
LA INFRAESTRUCTURA MÁS IMPORTANTE
Podríamos invertir miles de millones y seguir teniendo un problema de soberanía tecnológica.
Porque todavía nos faltaría una infraestructura: las personas capaces de construirlo, desarrollarlo y hacerlo funcionar.
Europa contaba en 2025 con 10,45 millones de especialistas TIC, aproximadamente el 5 % del empleo total. El objetivo europeo para 2030 es alcanzar al menos los 20 millones, con una participación más equilibrada entre mujeres y hombres.
Y entonces aparece el dato que cambia nuestra conversación.
De esos más de diez millones de profesionales TIC europeos:
- El 80,5 % son hombres.
- El 19,5 %, mujeres.
En diez años, la representación femenina apenas ha aumentado tres puntos porcentuales.
La tecnología corre, pero la igualdad todavía camina a pasitos.
España reproduce prácticamente esa misma fotografía: las mujeres representan también alrededor del 19,5 % de los especialistas TIC del país, según los últimos datos disponibles de Eurostat/EIGE.
Y existe otro dato que obliga a mirar más atrás, al momento en que se construyen las vocaciones y se eligen los estudios. Según el informe Datos y cifras del Sistema Universitario Español. Curso 2025-2026, las mujeres representan el 57,1 % del alumnado matriculado en estudios de Grado, pero su presencia cae hasta solo el 17,7 % en Informática y el 32,6 % en Ingeniería, industria y construcción. Es decir, aunque las mujeres son mayoría en la universidad española, siguen estando claramente infrarrepresentadas precisamente en algunos de los ámbitos que serán estratégicos para avanzar en soberanía tecnológica. El propio Education and Training Monitor europeo señala que reducir la brecha de género en TIC ayudaría a España a alcanzar los objetivos de la Década Digital.
Y aquí soberanía tecnológica e igualdad dejan de ser dos conversaciones paralelas, y se cruzan.
- Europa necesita más especialistas TIC.
- España necesita más especialistas TIC.
Necesitamos profesionales de IA, microelectrónica, cloud, datos, ciberseguridad, computación cuántica, software, telecomunicaciones y tecnologías que probablemente todavía no hemos terminado de nombrar. Por tanto, incorporar más mujeres a ese ecosistema no es únicamente una cuestión de igualdad, y es también es una cuestión de talento, competitividad, innovación, capacidad industrial, y soberanía tecnológica.
Un país que necesita desesperadamente profesionales tecnológicos difícilmente puede permitirse que una parte enorme de su población siga infrarrepresentada precisamente en las disciplinas de las que dependerá buena parte de su futuro.
Pero existe otra razón más allá de preguntarnos ¿dónde se desarrolla nuestra tecnología?
También importa ¿quién la desarrolla? Porque la soberanía tecnológica no debería consistir únicamente en sustituir una dependencia exterior por capacidad propia.
También debería permitirnos decidir qué clase de tecnología queremos construir: una IA capaz de entender nuestra diversidad lingüística, unos servicios públicos digitales accesibles, una ciberseguridad que proteja a toda la ciudadanía, tecnologías sanitarias que contemplen diferentes cuerpos y necesidades, o algoritmos capaces de detectar problemas que quizá un equipo homogéneo ni siquiera había considerado.
Y para conseguirlo necesitamos equipos que incorporen diferentes experiencias, disciplinas, edades, procedencias y perspectivas… mujeres y hombres.
La diversidad no es un elemento decorativo de la innovación, sino imprescindible para ampliar las preguntas que somos capaces de formular, ya que ninguna tecnología puede resolver un problema que nadie en la mesa haya sido capaz de ver.
NUEVO CURSO. NUEVOS OBJETIVOS.
Septiembre nos devuelve a las agendas… completemos la nuestra:
Curso TIC 2026-2027
☐ Convertir nuestra excelente conectividad en mayor capacidad tecnológica.
☐ Reducir dependencias estratégicas sin renunciar a una tecnología abierta y global.
☐ Reforzar semiconductores, cloud, IA, ciberseguridad, computación cuántica y supercomputación.
☐ Conseguir que más innovación española llegue al mercado y alcance escala.
☐ Acelerar la adopción de tecnologías avanzadas entre empresas y pymes.
☐ Crear, atraer y retener más talento TIC.
Y una casilla que es transversal a todas las anteriores:
☐ Conseguir que mucho más de ese talento sea femenino.
Porque durante años medimos nuestra transformación digital preguntándonos cuántas personas tenían conexión, pero quizá ha llegado el momento de plantearnos una pregunta más ambiciosa: ¿cuántas tenemos capacidad para construir aquello a lo que nos conectamos?
Europa quiere ganar autonomía tecnológica. España parte de activos importantes: conectividad, servicios públicos digitales, supercomputación, competencias, investigación y un ecosistema tecnológico en crecimiento. Pero el diagnóstico europeo de 2026 también nos recuerda las asignaturas pendientes: adopción tecnológica avanzada, cloud, semiconductores, escalado empresarial, ciberseguridad y especialistas TIC.
Tenemos infraestructura, conocimiento, proyectos, y tenemos talento. Demos el siguiente paso de convertirlo todo en capacidad para decidir, y hacerlo contando con todas las personas.
Porque si soberanía tecnológica significa tener mayor capacidad para decidir nuestro propio futuro digital, el de toda la sociedad, difícilmente podremos llamarlo nuestro mientras quienes lo construyen sigan representando solo a una parte de la sociedad.