Si bien no es nuevo que la inserción de la mujer en los sectores científico y tecnológico es imprescindible, es un hecho que ha cobrado mayor relevancia a raíz de la pandemia, con la correspondiente aceleración de los avances tecnológicos, y la digitalización de la sociedad. Numerosos estudios, teorías e investigaciones, se afanan en explicar las razones de este fenómeno mundial que provoca falta de vocaciones STEM entre las chicas, popularizando conceptos para denominar a estas situaciones de desigualdad. En esta ocasión, nos centraremos en dos de ellas: la regla de la modestia, y los denominados acantilados de cristal.

Regla de la modestia, un factor clave del por qué de la falta de vocaciones STEM entre las chicas

¿Por qué si las matemáticas se asocian a las carreras del futuro decrecen las matriculaciones de mujeres en esta área? ¿Qué influye en las preferencias de las chicas para que no opten por los estudios STEM, como apuesta de futuro?

En anteriores publicaciones como  ¿Por qué huir de las matemáticas?, planteamos esta cuestión y abordamos las razones que influyen en esta tendencia entre las chicas. También nos detuvimos en esas falsas creencias basadas en aprendizajes culturales heredados, en Adiós al mito: hombres de ciencias, mujeres de letras. Así como en la importancia de la educación temprana, en la escuela y en el ámbito familiar, en la noticia Educar a niñas imperfectas y mujeres valientes.

En todos ellos, analizamos las muchas y variadas causas por las que persisten los estereotipos, como ideas limitantes que determinan y coartan la concepción que las niñas tienen de sí mismas. Y que sirven además para cimentar a lo largo de los años, los obstáculos y barreras invisibles en el imaginario femenino, que les impiden aprovechar al máximo todas sus potencialidades, en cualquier área.

Otro de esos factores, que actúan negativamente en la elección de estudios científicos y tecnológicos, es a lo que se le llama “la regla de la modestia”. Una propensión de las mujeres, independientemente del país del que provengan, por inclinarse hacia carreras modestas. Es decir, a huir de la competitividad, a pesar de que esta suponga una mayor probabilidad de éxito.

Esta dañina modestia comienza ya a los 6 años. Es a esta tierna edad, cuando a las mujeres se les enseña que deben ser discretas y no alardear de sus capacidades. Y, en consecuencia, crecen pensando que no son tan inteligentes como los chicos y que, por tanto, no están preparadas o no poseen el grado de brillantez necesario para dedicarse a estudios asociados a una mayor dificultad, como las carreras técnicas.

La cultura y la educación están en la base de esta regla de modestia, lo que aprendemos en casa y se consolida en la escuela. En la elección de estudios operan estereotipos ligados a la autopercepción y a la competencia que se atribuyen las chicas a sí mismas. Y actúan como barreras sutiles, pero que a la larga obstaculizan el acceso de las mujeres a determinados estudios de ciencia y tecnología, por lo que, en la práctica, no gozan de las mismas oportunidades que los hombres.

Así explicaba la «Regla de modestia» la plataforma  Mujeres con ciencia, a través del siguiente vídeo realizado por la Cátedra de Cultura Científica de la Universidad del País Vasco, con motivo del pasado Día de la Mujer y la Niña en la Ciencia.

Acantilados de cristal que limitan el liderazgo femenino

A los denominados suelos pegajosos (una práctica por la cual se limita a la mujer a tareas consideradas femeninas) y a los techos de cristal (límites invisibles para ascender en el mundo laboral); ya en puestos de liderazgo, las mujeres se pueden encontrar con los denominados acantilados de cristal.  El término fue acuñado en 2004 por los profesores británicos Michelle K. Ryan y Alexander Haslam de la Universidad de Exeter.

Evocando la metáfora del techo de cristal, la expresión «acantilado de cristal» se refiere al peligro que implica la exposición a la caída por no ser evidente el riesgo

El riesgo está en acceder a una posición ejecutiva que, aparentemente, permite traspasar el techo de cristal, pero que a la postre, solo puede conllevar un descalabro, ya que los objetivos son inalcanzables. El término se creó para el mundo de la empresa, pero con el tiempo su uso se ha extendido también a otros ámbitos.

El acantilado de cristal es el fenómeno mediante el cual las mujeres en puestos de liderazgo, tienen más probabilidades que los hombres de alcanzar puestos de dirección durante períodos de crisis o recesión, en los que la probabilidad de fracaso es mayor

Ryan y Haslam mostraron que una vez las mujeres rompen el techo de cristal, y asumen posiciones de liderazgo, a menudo pasan por experiencias diferentes a las de sus homólogos masculinos. En concreto, las mujeres tienen más probabilidades de ocupar puestos precarios y, por tanto, con mayor riesgo de fracasar, bien por ser nombradas para dirigir organizaciones en crisis, bien por no recibir el apoyo y los recursos necesarios para el éxito.​

Demostraron que los acantilados de cristal están muy relacionados con los estereotipos y que tienen una explicación multifactorial. Ryan logró le dio una vuelta a un artículo publicado en el periódico londinense The Times en 2003, que aseguraba que las empresas con más mujeres en puestos de poder tendían a funcionar peor.

“No era que las mujeres provocasen el mal funcionamiento de las empresas, sino que el hecho de que la empresa ya estuviera funcionando mal era lo que provocaba que se nombrase a más mujeres para puestos de liderazgo», contó Ryan a Forbes.

En sus estudios, Haslam y Ryan detallan cómo las personas creen que las mujeres están mejor preparadas para liderar empresas en mala racha, ya que las consideran más empáticas e intuitivas. Pero no porque consideren que las mujeres lideren mejor la situación, sino que se las ve como buenas gestoras de personas y, además, dispuestas a asumir la culpa del fracaso en la gestión.

Estos puestos aproximados a acantilados de cristal, corren el riesgo de dañar la reputación y las perspectivas profesionales. Cuando una empresa obtiene malos resultados, la gente tiende a culpar a la dirección por su deficiente gestión, sin tener en cuenta las variables situacionales o contextuales. Además, el equipo responsable de la investigación descubrió que las mujeres en posición de liderazgo, una vez que han fracasado, les resulta más difícil que a los hombres tener segundas oportunidades, dado que cuentan con menos mentores y patrocinadores, así como con menos acceso a una red protectora de contactos.

Las consecuencias negativas de los acantilados de cristal son evidentes. Disfrazadas de oportunidad pueden ser una auténtica trampa. Por ello, el primer paso para tender puentes hacia la igualdad, es precisamente detectar estas situaciones de riesgo. Y conseguir que el liderazgo femenino avance, pero con las mismas oportunidades que los hombres, por razones de justicia y equidad.